
Lucía de Suñer Machado, en su casa de Santa Cruz de Tenerife. josé luis gonzále
La primera vez que Lucía de Suñer Machado pisó Kenia llevaba una maleta llena de botellas de aceite de oliva y otra repleta de pasta. En cuanto a la ropa, le importaba poco. Con un par de cosas que tuviera a mano le bastaba para pasar un tiempo allí. Pero el aceite y la pasta era otra cosa. En eso no podía fallar. Se trataba del encargo de un amigo que vivía en Kenia y que se moría por comer a la italiana y cocinar con aceite del bueno. Y Lucía, generosa, no se quedó corta.
Aquella primera vez en tierra keniana, Lucía de Suñer todavía era sólo Lucía de Suñer, una tinerfeña con un gran pasado hípico, un sincero intento de ser veterinaria, una diplomatura en Anticuariado y una considerable experiencia en galerías de arte. Ya había vivido en Madrid, Bruselas, Turín e Ibiza y en ese momento residía en Roma.
Tal vez por eso, por ese discurrir cosmopolita y europeo, cuando Lucía levantó la vista y miró a Kenia directamente a los ojos, le impactó. Era un mundo distinto, un mundo de otro color, de otro sabor y otras costumbres, donde todo caminaba más lento y las relaciones personales se cultivaban en largas conversaciones sin prisas ni intereses infames.
Quién le iba a decir que después de esa estancia inicial en Kenia, el futuro la obsequiaría con muchos más viajes a la República, incluso varias veces al año. Quién iba a pensar que años más tarde la Unesco le premiaría por difundir la cultura africana a través de sus diseños de ropa.
Pero, lo pensara o no, todo eso sucedió de verdad y ella continuó llevando durante mucho tiempo maletas con aceite de oliva y pasta a sus amigos italianos. Claro que antes no era como ahora. Hoy en día hay más cosas en ese país negro y los europeos se manejan mejor y con menos necesidades.
Kenia cambia. Cambia a grandes pasos y Lucía lo siente. También ella dio un giro a su vida gracias o a causa de África. Lo hizo cuando vio, tocó y comprendió las telas africanas. En ese instante comenzó a desarrollar diseños de joyas, toallas y, más tarde, toda clase de ropa y bolsos.
Y, entonces, a Lucía de Suñer se le cayó la ´ñ´ y creó su propia marca: Lucía de Su, mucho más fácil para los teclados extranjeros, ajenos al abecedario español.
Las joyas que tenía en mente las hacía realidad un keniano a base de bombona de gas y soplete, cortes maestros y buen pulso, cuidado y paciencia. Una vez moldeadas las piedras, las incrustaba en plata pura y el conjunto se convertía en un trozo de África con alma tinerfeña.
En el mercado, estas piezas costaban tanto como valían en trabajo y sudor, pero la competencia china, experta imitadora a precios bajos, acabó con esta actividad joyera de la tinerfeña.
Cuando Lucía dejó Roma, volvió a Canarias y se instaló en Santa Cruz, desde donde dirige su destino y programa sus encuentros africanos. Asegura que en Tenerife se encuentra a gusto, sobre todo porque necesita la luz del sol, cuantas más horas mejor. El frío y los días cortos no los soporta. Le cuesta asimilarlos.
En Kenia, por ejemplo, anochece a las seis. Un fastidio para ella. Pero las vitaminas que le faltan por la tarde se las toma por la mañana muy temprano, cuando el sol ilumina África y puede comenzar el día haciendo deporte en el gimnasio. Ahora hace meses que no hace ejercicio. Su negocio la absorbe por completo y estos días anda inmersa en la preparación de una exposición de kangas en el Instituto Valenciano de Arte Moderno (IVAM), invitada por la Unesco.
Los kangas –paños africanos rectangulares de vistosos colores y dibujos, que también llevan proverbios escritos– son algo más que un trozo de tela. Son una forma de comunicación en África oriental, la vía de expresión de las mujeres, una identidad cien por cien femenina que lo dice todo, sin censura. En los kangas se nace, se duerme y se muere. Con ellos se mantienen discusiones, se celebran reconciliaciones, se contrae matrimonio, se da las gracias, se pide perdón. Con los kangas se vive.
Y es así como Lucía descubrió todo un mundo que exportar de Kenia e importar a la anciana Europa. La ropa que diseña con kangas incluye los proverbios que hay en ellos y sirve de difusión de una cultura que tuvo su origen hacia 1800 y que antepone los colores a las palabras.
Dependiendo de las combinaciones cromáticas del kanga y del proverbio que lleve, una mujer puede expresar enfado, tristeza, ganas de sexo, ganas de nada, dolor, esperanza, alegría. Uno de los mensajes más extraños que ha visto Lucía es uno que, traducido del ki-swahili decía: "Doy las gracias al coche del Gobierno".
No es que a la mujer que llevaba ese kanga le gustara el coche en sí, sino lo que llevaba en su interior. En las zonas rurales de Kenia, cada vez que aparecen vehículos oficiales es para llevar comida y medicinas y se convierten en la buena noticia del día. Ese kanga era un mensaje de gratitud.
Pero Lucía no hace sólo ropa. También diseña bolsos y sandalias. Cada vez que viaja a África se mimetiza con el entorno y revuelve mercados enteros en busca de pieles de pez o materiales derivados del baobab, un árbol excepcional que se ha convertido en el logo de su empresa.
Y mientras ella se ha dedicado a experimentar con materia prima africana, Kenia también ha hecho sus propios ensayos de laboratorio, con la vista puesta siempre en el futuro.
Sin embargo, con la mano en el corazón, a Lucía no le gustaría que ese país cambiase del todo. Los valores que ha encontrado allí son muy preciados para ella. Esa Kenia serena y tranquila, con tiempo para hablar y para leer, sin televisión ni luces de neón, sin la sombra del consumismo ni la competitividad malsana, es la Kenia que la conquistó. Un país alejado de la contaminación occidental.
Por supuesto, no todo es malo en ese keniano avanzar sin titubeos. Por fin se acabaron los días en que desde que uno pulsaba send para enviar un correo electrónico hasta que salía hacia su destino pasaban 24 horas. Y también terminó la época en que no llegaban periódicos extranjeros y, cuando aparecía uno, los europeos que viven allí se lo pasaban de mano en mano como si de un tesoro se tratara y exprimían su tinta hasta la última gota.
Pero, a pesar de estos inconvenientes, Lucía llevó mal durante un tiempo sus regresos a Europa. Nada más pisar un aeropuerto occidental comenzaba a sentir náuseas y mareos. Veía las tiendas, las cafeterías, las prisas de la gente, y se sentía mal. "Hasta que entendí que era a causa de esos dos meses que había pasado en Kenia, limpia de todo".
También hay costumbres en ese país que aguanta a duras penas. Por ejemplo, en los negocios el ritmo es más lento del deseado. Cada vez que viaja allí sabe que el primer día que pisa la fábrica donde le confeccionan sus productos está prohibido hablar de trabajo. El primer día sólo se saluda, nada más. Tampoco se fabrica en serie ni hay dos materiales iguales.
Y con todo eso debe lidiar Lucía. Lucía y su paciencia infinita. Lucía y sus kangas. Lucía y sus proverbios, sus bolsos, sus sandalias, sus toallas, su ropa. Lucía de Suñer Machado, la niña que creció en Puerto de la Cruz en una finca llena de animales, es ahora Lucía de Su.
Aquella primera vez en tierra keniana, Lucía de Suñer todavía era sólo Lucía de Suñer, una tinerfeña con un gran pasado hípico, un sincero intento de ser veterinaria, una diplomatura en Anticuariado y una considerable experiencia en galerías de arte. Ya había vivido en Madrid, Bruselas, Turín e Ibiza y en ese momento residía en Roma.
Tal vez por eso, por ese discurrir cosmopolita y europeo, cuando Lucía levantó la vista y miró a Kenia directamente a los ojos, le impactó. Era un mundo distinto, un mundo de otro color, de otro sabor y otras costumbres, donde todo caminaba más lento y las relaciones personales se cultivaban en largas conversaciones sin prisas ni intereses infames.
Quién le iba a decir que después de esa estancia inicial en Kenia, el futuro la obsequiaría con muchos más viajes a la República, incluso varias veces al año. Quién iba a pensar que años más tarde la Unesco le premiaría por difundir la cultura africana a través de sus diseños de ropa.
Pero, lo pensara o no, todo eso sucedió de verdad y ella continuó llevando durante mucho tiempo maletas con aceite de oliva y pasta a sus amigos italianos. Claro que antes no era como ahora. Hoy en día hay más cosas en ese país negro y los europeos se manejan mejor y con menos necesidades.
Kenia cambia. Cambia a grandes pasos y Lucía lo siente. También ella dio un giro a su vida gracias o a causa de África. Lo hizo cuando vio, tocó y comprendió las telas africanas. En ese instante comenzó a desarrollar diseños de joyas, toallas y, más tarde, toda clase de ropa y bolsos.
Y, entonces, a Lucía de Suñer se le cayó la ´ñ´ y creó su propia marca: Lucía de Su, mucho más fácil para los teclados extranjeros, ajenos al abecedario español.
Las joyas que tenía en mente las hacía realidad un keniano a base de bombona de gas y soplete, cortes maestros y buen pulso, cuidado y paciencia. Una vez moldeadas las piedras, las incrustaba en plata pura y el conjunto se convertía en un trozo de África con alma tinerfeña.
En el mercado, estas piezas costaban tanto como valían en trabajo y sudor, pero la competencia china, experta imitadora a precios bajos, acabó con esta actividad joyera de la tinerfeña.
Cuando Lucía dejó Roma, volvió a Canarias y se instaló en Santa Cruz, desde donde dirige su destino y programa sus encuentros africanos. Asegura que en Tenerife se encuentra a gusto, sobre todo porque necesita la luz del sol, cuantas más horas mejor. El frío y los días cortos no los soporta. Le cuesta asimilarlos.
En Kenia, por ejemplo, anochece a las seis. Un fastidio para ella. Pero las vitaminas que le faltan por la tarde se las toma por la mañana muy temprano, cuando el sol ilumina África y puede comenzar el día haciendo deporte en el gimnasio. Ahora hace meses que no hace ejercicio. Su negocio la absorbe por completo y estos días anda inmersa en la preparación de una exposición de kangas en el Instituto Valenciano de Arte Moderno (IVAM), invitada por la Unesco.
Los kangas –paños africanos rectangulares de vistosos colores y dibujos, que también llevan proverbios escritos– son algo más que un trozo de tela. Son una forma de comunicación en África oriental, la vía de expresión de las mujeres, una identidad cien por cien femenina que lo dice todo, sin censura. En los kangas se nace, se duerme y se muere. Con ellos se mantienen discusiones, se celebran reconciliaciones, se contrae matrimonio, se da las gracias, se pide perdón. Con los kangas se vive.
Y es así como Lucía descubrió todo un mundo que exportar de Kenia e importar a la anciana Europa. La ropa que diseña con kangas incluye los proverbios que hay en ellos y sirve de difusión de una cultura que tuvo su origen hacia 1800 y que antepone los colores a las palabras.
Dependiendo de las combinaciones cromáticas del kanga y del proverbio que lleve, una mujer puede expresar enfado, tristeza, ganas de sexo, ganas de nada, dolor, esperanza, alegría. Uno de los mensajes más extraños que ha visto Lucía es uno que, traducido del ki-swahili decía: "Doy las gracias al coche del Gobierno".
No es que a la mujer que llevaba ese kanga le gustara el coche en sí, sino lo que llevaba en su interior. En las zonas rurales de Kenia, cada vez que aparecen vehículos oficiales es para llevar comida y medicinas y se convierten en la buena noticia del día. Ese kanga era un mensaje de gratitud.
Pero Lucía no hace sólo ropa. También diseña bolsos y sandalias. Cada vez que viaja a África se mimetiza con el entorno y revuelve mercados enteros en busca de pieles de pez o materiales derivados del baobab, un árbol excepcional que se ha convertido en el logo de su empresa.
Y mientras ella se ha dedicado a experimentar con materia prima africana, Kenia también ha hecho sus propios ensayos de laboratorio, con la vista puesta siempre en el futuro.
Sin embargo, con la mano en el corazón, a Lucía no le gustaría que ese país cambiase del todo. Los valores que ha encontrado allí son muy preciados para ella. Esa Kenia serena y tranquila, con tiempo para hablar y para leer, sin televisión ni luces de neón, sin la sombra del consumismo ni la competitividad malsana, es la Kenia que la conquistó. Un país alejado de la contaminación occidental.
Por supuesto, no todo es malo en ese keniano avanzar sin titubeos. Por fin se acabaron los días en que desde que uno pulsaba send para enviar un correo electrónico hasta que salía hacia su destino pasaban 24 horas. Y también terminó la época en que no llegaban periódicos extranjeros y, cuando aparecía uno, los europeos que viven allí se lo pasaban de mano en mano como si de un tesoro se tratara y exprimían su tinta hasta la última gota.
Pero, a pesar de estos inconvenientes, Lucía llevó mal durante un tiempo sus regresos a Europa. Nada más pisar un aeropuerto occidental comenzaba a sentir náuseas y mareos. Veía las tiendas, las cafeterías, las prisas de la gente, y se sentía mal. "Hasta que entendí que era a causa de esos dos meses que había pasado en Kenia, limpia de todo".
También hay costumbres en ese país que aguanta a duras penas. Por ejemplo, en los negocios el ritmo es más lento del deseado. Cada vez que viaja allí sabe que el primer día que pisa la fábrica donde le confeccionan sus productos está prohibido hablar de trabajo. El primer día sólo se saluda, nada más. Tampoco se fabrica en serie ni hay dos materiales iguales.
Y con todo eso debe lidiar Lucía. Lucía y su paciencia infinita. Lucía y sus kangas. Lucía y sus proverbios, sus bolsos, sus sandalias, sus toallas, su ropa. Lucía de Suñer Machado, la niña que creció en Puerto de la Cruz en una finca llena de animales, es ahora Lucía de Su.
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